Nombre: Transamerica
Director: Duncan Tucker
Año: 2005

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Samuel Castro

Transamerica (2005)

Almodóvar a la gringa

Si uno dijera en una conversación cualquiera con un grupo de amigos, que vio una película donde un hombre que es transexual, que se viste, siente y trata de hablar como mujer y que está a punto de realizarse una operación de cambio de sexo, un buen día descubre que tiene un hijo de 17 años, de quien no sabía nada, y que su terapeuta le obliga a que viaje de Los Ángeles a New York a pagar la fianza para liberarlo, pues el muchacho está en la cárcel por prostitución; y si uno contara además que para no descubrir su identidad este hombre que es mujer miente e inventa que es una misionera de la "Iglesia del Padre Potencial" para devolverse por tierra con su hijo a Los Ángeles, añadiendo para concluir ese relato a los amigos que en una escena casi al final de la película el joven trata de besar a aquella mujer que él ya sabe que es un hombre, sin saber que es su padre; en fin, si uno dijera todo esto es muy probable que alguien pregunte si esa es la trama de la última película de Almodóvar y uno tenga que responder que no, que se trata de Transamerica, el primer largometraje de un desconocido director norteamericano: Duncan Tucker.

Sin embargo, los paralelos en el estilo de ambos directores no son sólo en las historias que cuentan (o en una que otra canción de su banda sonora). Esa mirada descarnada a los vicios y defectos de la familia del personaje central -Bree Osbourne en este caso-, esa preocupación por mostrar en el hogar materno de Bree la estética kitch tipo Miami que tanto mal le ha hecho al mundo y la relevancia dada a los personajes secundarios, nos hacen pensar que el director de Arizona tiene que respetar o al menos conocer la obra del realizador manchego. Incluso se parecen en lo más importante: a pesar de los problemas de identidad sexual de su protagonista, Transamerica es mucho más que una película para proyectar en un "ciclo rosa". Es una reflexión profunda y bien contada acerca de la diversidad, del respeto por todo lo que se sale de la norma e incluso, si se ve con detenimiento, sobre lo que significa ser norteamericano.

El guión no deja nada al azar en su propósito de decirle a los espectadores que Estados Unidos es lo que es gracias a la variedad de razas, de culturas, de credos e incluso, de sexos que la conforman. Bree es vendedora telefónica. Al comienzo de la película los apellidos de los clientes a quienes llama son indios y orientales, ningún Smith, ningún Jones. Durante el resto de la película, los personajes secundarios "positivos" siempre pertenecerán a minorías: la terapeuta latina que aconseja a Bree para que actúe bien, los empleados del restaurante mexicano donde ella también trabaja, la mujer negra que recibe con amor al hijo de Bree en su pueblo natal, el descendiente de indios que los recoge en el camino y les ofrece un lugar donde dormir. Por el contrario, todos los personajes "dañinos" (un hippie que les roba el carro después de decir que la transexualidad es un avanzado estado del alma, el padrastro del joven, que lo violaba desde que era niño) son representados por actores rubios y de tez clara, o corresponden a caracteres típicamente gringos, como el camionero que al final resulta pagando por los favores sexuales de Toby, el hijo de Bree.

Pero en el fondo de esa idea "políticamente correcta" que desarrolla la película hay mucho más. Como en toda road movie no importa tanto hacia donde van los personajes (la operación ansiada de ella, el sueño de ser estrella del porno de él) sino el camino que recorren para conseguirlo, camino del que necesariamente van a salir distintos a como empezaron. El director no le da importancia al paisaje con su cámara, (como David Lynch en The straight story, por ejemplo), sino a lo que pasa entre los protagonistas (finalmente, aunque a la manera de Almodóvar, esta también es una película de padre e hijo), como la constante voluntad "maternal" de Bree por corregir la forma de hablar y de comportarse de su hijo, o a esa creciente atracción de Toby por su benefactor, luego del asco que le causa descubrir que realmente es un hombre.

Y todo esto funciona gracias a una impecable selección de actores, que tiene su mayor acierto en Felicity Huffman, la actriz de la serie "Desperate Housewives". Probablemente Huffman era conciente del potencial que el personaje tenía, y que el golpe de opinión le iba a permitir salir del estatus de actriz televisiva que ha tenido toda su carrera, pero su acercamiento a este hombre que quiere ser mujer es más que meritorio, sobre todo por la inmensa dignidad que le inyecta. Los gestos tienen la dosis justa de brusquedad que uno espera de un hombre que quiere ser mujer y las expresiones de su rostro, más que su maquillaje, nos conmueven en los momentos de mayor emoción. Junto a ella un reparto de competentes compañeros (como el fantástico Graham Greene en un personaje que es una contradicción en sí mismo: un vaquero indígena) que aprovechan al máximo sus apariciones para hacer del mundo de la película un universo absolutamente real (tal y como sucede en las creaciones de Almodóvar, por más extraño que sea el planteamiento general) Huffman y Kevin Zegers (que a pesar de tener 22 años lleva 14 actuando) son, sin sobreactuaciones ni excesos, Bree y su hijo Toby, dos seres desamparados, marginados por diversos motivos, que se necesitan sin saberlo.

Al final tanto la idea política como el planteamiento narrativo tienen una merecida conclusión: son los seres distintos los que completan el mundo. Los que se salen de la norma e intentan con desesperación, ser felices. Probablemente eso no les reporte ni la popularidad, ni el éxito (tanto Bree como su hijo continúan solitarios) pero les dará la tranquilidad de ser lo que soñaron. Con este trabajo Duncan Tucker consigue una hermosa opera prima que hace esperar mucho de su futuro. Ojalá consiga mantener en sus películas lo mejor de Transamerica: diálogos que no son obvios y la dosis justa de humor (mucho más sutil que el de Almodóvar, finalmente el señor es gringo, no español) tan escasa en el cine de hoy. Mientras tanto, continuaremos esperando a que nuestros distribuidores y gerentes de cadenas de cine, crean que en Colombia hay un público para un cine distinto, que también se produce en Estados Unidos, tierra de las películas de Adam Sandler.