Nombre: Lulú en el puente
Categorías: Drama, Romance
Director: Paul Auster
Año: 1998

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Pedro Felipe *

Lulú en el puente (1998)

Paul Auster (el esposo de Siri Hustvedt) es un escritor neoyorquino que escribe obras sobre Nueva York situadas en la gran manzana que tratan sobre su ciudad. Perdón: es un enorme escritor. Pero también es un director de cine y en ese sentido cabe hacer un par de comentarios, o de preguntas. ¿En qué consiste la frontera entre el lenguaje audiovisual (sofisticado o no) y el de la letra? ¿Puede un novelista apropiarse de los elementos cinematográficos con la misma autoridad que un veterinario de los de la ciencia médica (por decir cualquier cosa)? De la literatura al cine, en fin, ¿existe la misma distancia que del cine a la literatura?

Aunque no he podido ver La vida interior de Martin Frost, lo que he podido presenciar del trabajo de Auster en el séptimo arte me lleva ha llevado a pensar que saber narrara historias es muy diferente de saber filmarlas. ¿Por qué? Porque Lulú en el puente es una verdadera catástrofe. Si en Smoke (Blue in the Face es a mi juicio un simple divertimento) la apuesta cinematográfica sale más o menos bien librada gracias a que la peli reposa sobre las virtudes de un guión muy sólido —plagado de coincidencias creíbles y mesurados choques— en  Lulú en el puente, repito, la catástrofe es total. En mi opinión eso se debe a que el director, a quien tanto le debo y a quien tanto aprecio, no tiene ni idea de la técnica cinematográfica.

Nada funciona. Ni los movimientos de cámara, ni la fotografía, ni la iluminación, ni las actuaciones (bueno, no exageremos: Harvey Keitel y Willem Dafoe hacen un buen trabajo, como de costumbre). Casi nada. Y la explicación es más bien triste, pues Lulú en el puente es la primera película que Auster rueda completamente solo. Qué lástima que su imaginario sea tan real en la ficción de sus libros, y tan insubstancial en la realidad del celuloide. Creo que el único detalle que me hizo soñar es un grafiti dublinés filmado como quien no quiere la cosa y que reza: BEWARE OF THE GOD.

¿Y de qué trata Lulú en el puente? Pues de un señor saxofonista, que recibe un disparo durante un concierto, que encuentra una caja china llena de mensajes chinos, gracias a la cual conoce a una gentlewoman-bimbo, con la cual parece poder establecer una relación bonita y sincera, y al final de cuentas todo resulta ser una ilusión: el guión también es una soberana payasada.

No basta con poner una cámara frente a los actores para que esta, la realidad, quede reflejada. Falta la luz, el sonido, los movimientos (de cámara), la fotografía, el vestuario, etc.. Y no son ganas de joder. A mí siempre me han caído mejor los escritores que los cineastas, pues mientras los primeros lucen como personas sensibles y humanas, los otros suelen ser auto promotores de su hagiografía, a ver si consiguen quien les financie la explosión multicolor que les ha dictado su subconsciente. Son unos pesados, y si no tienen un crónico complejo de superioridad, terminan locos, como Truffaut.

Sin embargo, reconozco que por motivos profesionales los directores tienen que responder a ese perfil. Si a los escritores les baste con decir "Y explotó" para que algo explote, evocando a Cocteau recordemos que a los directores les toca conseguir la dinamita, el permiso de la alcaldía, el técnico en explosivos, etc.. para que con un poco de suerte el asunto haga bum. Y en Lulú en el puente nada explota.

Leo en ochoymedio que un colega reseñador no ha quedado satisfecho —aunque tampoco insatisfecho— con la última peli de Auster por razones similares a las que he expuesto. Me da gusto saber que no estoy solo tanto en mi amor por las novelas de Auster como en la reticencia hacia sus filmes.

¿Tendrá que ganarse el Nóbel Dr Brooklyn para que deje de hacer pésimas películas (por contraste con sus libros)? Respuesta: No, García Marquez es la prueba viva de que los genios literarios, pese al Reconocimiento, seguirán deshonorando la profesión de cineasta. La buena noticia es que los libros de Auster son cada vez mejores. Su "Viajes por el Scriptorium" es una verdadera joya.

Moraleja: Los patólogos no deben realizar operaciones de corazón abierto.