| Nombre: | La desconocida |
| Categorías: | Drama, Suspenso, Thriller |
| Director: | Giuseppe Tornatore |
| País: | Italia |
| Año: | 2006 |
La desconocida (2006)
Una cinenovela
Todo se va a al demonio cuando Muffa, el gordo calvo y asqueroso que la obligaba a prostituirse, aparece vivo para terminar de dañarle la vida a nuestra protagonista. Y se va al demonio porque en ese momento pensamos que ya está bien de sufrimientos, que no puede ser posible tanta desgracia junta. Además —recordamos de pronto— ¿no habíamos visto a Irena desgarrarle el estómago con un cuchillo de matarife y no se había teñido su cara de rojo con la sangre que salpicó la panza de aquel maldito? Entonces ¿por qué milagro de la naturaleza pudo sobrevivir ese malvado a una herida así? Se nos vienen a la memoria, por desgracia, curaciones milagrosas en las que la muchacha ciega recupera la vista, o accidentes repentinos que dejan a mujeres hermosas con nombres de joyas, condenadas a vivir durante treinta capítulos (justo antes del final feliz) en una silla de ruedas. Y vamos perdiendo la fe en esta película, La sconosciuta, de Giuseppe Tornatore, porque comprendemos que alguien nos está manipulando, que quien escribió esta historia buscaba a como diera lugar, que nos conmoviéramos, que lloráramos hasta el ahogo, como lo hacemos ante las peripecias de la chica que protagoniza la telenovela de las ocho. Y por eso es que todo se va a al demonio.
Es una lástima, porque la cinta marcha muy bien en gran parte de su metraje. Nos engancha al comienzo con la historia de Irena, la inmigrante ucraniana que llega a un barrio de joyeros a conseguir trabajo, con una determinación casi suicida, cuyas razones queremos desentrañar. Nos inquietan sus mentiras y lo que oculta de su pasado, ese pasado que se nos cuenta a través de unos flashazos terribles, donde la vemos desnuda y forzada a realizar actos sexuales grotescos, que añaden más intriga a su comportamiento. Nos ponemos de su lado gracias a la mirada melancólica de Kseniya Rappoport, la actriz rusa que interpreta a Irena, y que fue justa ganadora del David di Donatello a la Mejor Actriz italiana en 2007 por este film. Sin su mirada, sin esa belleza intencionalmente marchita con la que arma su personaje, no creeríamos en el sufrimiento vivido por Irena, ni pensaríamos que a lo mejor está buscando una justa venganza por aquello que la obligaron a hacer. Gracias a esa actuación perdonamos incluso que tire por las escaleras, en una escena terrible (como todas las escenas duras de esta película, pensadas para que se nos revuelque el estómago), a la anciana que le estorba en su intención de convertirse en el ama de llaves de la familia Adacher. De alguna manera queremos que esa mujer tenga una alegría, que cumpla su cometido, que consiga su revancha.
Los fragmentos de su pasado que se van alargando (innecesaria pero inexorablemente, porque al director, Giuseppe Tornatore le gusta dar más explicaciones de las que necesitamos) hacen que la compasión por Irena vaya creciendo y que suframos cuando la pobre empieza a notar que su historia aún la persigue, que tiene a los mafiosos de los que ha huido pisándole los talones y amenazando con romper el precario equilibrio conseguido en la casa Adacher. Pero entonces ocurre la aparición del proxeneta Muffa entre los vivos y empezamos a ver, sembradas en todos lados, las trampas que nos ha puesto el director italiano para que se nos apachurre el corazón desde el comienzo: el extraño síndrome de falta de reflejos defensivos que padece la hija de los Adacher, metido a la fuerza sólo para tener que soportar las imágenes de la niña, cayendo al suelo una y otra vez (¿hay algo más triste que un niño golpeado o que se golpea frente a nosotros?) mientras entrena para superar su condición (¿cómo se “entrena” para superar una condición genética?, ¡por favor!), la eterna crisis del matrimonio que al final no tiene ninguna importancia, la música del maestro Ennio Morricone que aún cuando es muy bella no nos da un respiro, pues ni siquiera en los momentos de calma en la pantalla deja de azotarnos con la tensión permanente de sus notas, que muy pronto se vuelve artificial.
Igual que en en las telenovelas, pareciera que Tornatore adora los giros inverosímiles de la trama (hay asesinatos inesperados, condenas a prisión que no tienen lógica porque se supone que Irena actúa en defensa propia, muertos que se desentierran y resuelven casos judiciales) para estirar la película más allá de lo necesario. Todo se vuelve demasiado doloroso, demasiado dramático, demasiado falso. Al ver La Sconosciuta entendemos que no es tan fácil como parece lo que consigue Almodóvar en su cine: que los argumentos traídos de los cabellos parezcan reales. El italiano no tiene la misma pericia y naufraga en el intento, sin traicionar su propio estilo. Porque claro, Tornatore es el mismo director que en 1988 dirigió ese dulcísimo (casi hostigante) relato del cineasta que vuelve a su pueblo de infancia para recordar al proyeccionista maduro que le enseñó a amar el cine. Cinema Paradiso, al final, si lo pensamos con cuidado, era igual de efectista, igual de artificial, pero funcionaba, como puede funcionar La Sconosciuta si uno está desprevenido, porque QUEREMOS que funcione. Porque conscientemente abandonamos la lógica que nos impone el relato, para dejarnos llevar por el corazón: exactamente como nos pasa cuando nos enviciamos con una telenovela diaria.
Como con Café, como con Betty la Fea, a pesar de la resistencia del lado racional de nuestro cerebro, sucumbimos. Será porque somos tan latinos como los italianos y amamos tanto el melodrama como ellos. O tal vez porque al final La Sconosciuta es una obra menor que habla de cosas importantes (sí, ya lo habrán pensado, exactamente como las telenovelas) y dolorosas, como la maternidad, la venganza y la búsqueda desesperada de la felicidad. Y ese tono popular, grandilocuente y exagerado, gritón y colorido, es el que mejor nos calza en un tiempo donde todo tiende a ser monótono y apocado. En todo caso, no somos capaces de condenar esta película y no recomendarla a quien conocemos, porque en el fondo de nuestro corazón, en el cuarto cursi que todos tenemos en alguna parte, sabemos que los sufrimientos de Irena nos tendieron en la lona, que la muerte del hombre que amaba nos aguó los ojos, que La Sconosciuta, como Giuseppe Tornatore seguramente lo quería, es una de esas películas que se aprecia por lo que nos hizo sentir, no por lo que nos hizo pensar. Como las buenas y conocidas historias de Corín Tellado y Delia Fiallo.
